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Un anglicismo que se nos viene encima: «The locals».

     Las páginas sobre el uso del español suelen hacerse eco de los anglicismos que irrumpen en el idioma para describir su uso y advertir, con mayor o menor fortuna, de los peligros que plantean. En esta entrada vamos a ejercer de demiurgos para predecir la llegada de uno que tiene todas las papeletas para convertirse en el nuevo chico en la ciudad, por usar otro anglicismo poco reconocido: nos referimos a “the locals”, que seguramente se asentará en nuestro idioma bajo la forma “los locales”.

     “The locals” es una expresión poco reconocida también en inglés. De hecho, no figura como acepción de “local” ni en el diccionario de Oxford ni en el Webster. Sin embargo, su significado es bien interesante: en una guía de viaje, un lector anglosajón puede leer la recomendación de “comer donde comen los locales”, “bailar con los locales” o de “compartir con los locales”. Refleja una curiosa manera de ver el mundo en la que se sitúa por un lado al viajero, que representa al que habla en inglés –y, dado el carácter identitario del idioma, al que pertenece a dicha cultura– frente al resto del mundo, que se agrupa en un todo homogéneo como “los que viven en el sitio al que vas”. Y como el planeta Tierra está habitando en sus cinco continentes, ese viajero anglosajón que sale a conocer mundo se encuentra adonde fuere con una masa informe que vive en dichos destinos y que come cosas raras, habla lenguas extrañas, lleva a cabo acciones estrambóticas y tiene ideas peregrinas. Por eso, da igual que la comida a la que se enfrenta sean unos maravillosos chiles en nogada o un delicado pastel de Belém; que el idioma tenga catorce casos o que sea aglutinante; que los habitantes bailen como dioses caribeños o se sepan orientar entre las dunas; que tengan una teología propia o que conserven su naturaleza intacta: por el milagro de las palabras, todos ellos se convierten en “the locals”, un trasunto deformado de la recta realidad que representa el mundo anglosajón; un caso oblicuo, por así decirlo, del caso recto que supone lo normal y que, precisamente por ello, no se puede calificar de “local”. Si algún hispanohablante ha sentido un regusto de mala conciencia por llamar “guiris” a los turistas de piel blanca y quemados por el sol que, a menudo sin camisa, comen paella a horas intempestivas acompañados de sangría, puede contentarse imaginando que, para ellos, somos meros “locales”, un telón de fondo para su experiencia de extrañamiento en una tierra ajena.

     No parece que las autoridades lingüísticas hispánicas hayan detectado alarma alguna: la Fundéu solo registra la interdicción de “horas locales”, pero no dice nada de la acepción que nos ocupa. Sí que encontramos rastro de su movimiento en la página de los traductores del Parlamento Europeo y hoja de ruta para los que vivimos del lenguaje, donde esta expresión se ha traducido como “los lugareños”, “la población”, “la gente” y, cómo no, “los locales”. Ninguna de estas traducciones refleja con precisión lo que expresa nuestro anglicismo: “lugareños” tiene un matiz local, de pueblo, de aldea; no se hablaría de los habitantes de Calcuta como “los lugareños”; sin embargo, es perfectamente imaginable concebirlos como “locales”. “Población” y “gente” son demasiado genéricos: gente somos todos, tanto el viajero como el que no. “Locales” es el único término que introduce ese tajamar que divide la gente en dos conjuntos disjuntos: nosotros, los sujetos, los que describimos el mundo, y ellos, los objetos, el paciente de nuestra descripción. Esta ventaja competitiva en el ámbito semántico es la que hace a “locales” una especie invasora perfecta en el ecosistema del español. Vayamos haciéndole un hueco.

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