Lenguaje

Minuto de silencio

Esta temporada he vuelto a un campo de fútbol. Hacía años que no volvía a vivir la rutina de enrolarme en un estadio al sentir de otros miles de personas y de vivir las mismas emociones, a veces positivas y de euforia, a veces negativas y de decepción. Sin embargo, la emoción más intensa que he vivido este año no ha tenido que ver con los avatares del balón y las porterías, sino con uno de los minutos de silencio que se dedicó al fallecimiento de uno de los miembros del club.

Resulta emocionante para un lingüista que la forma de respeto más alto hacia los que ya no están consista en esa dejación de nuestra facultad más humana, el lenguaje, para sumirnos en el estadio del silencio en que viven los bebés, los homínidos que nos antecedieron y los que ya no están. Al hacerlo, renunciamos por unos instantes a utilizar la herramienta principal mediante la que nos interrelacionamos y a través de la cual establecemos nuestro lugar en la sociedad. Por unos instantes, quedamos reducidos a la esfera de nuestro propio yo y nos enfrentamos, en la calma meditativa, a nuestros propios pensamientos (que están regidos también por el lenguaje, pero un lenguaje de naturaleza distinta, como comentaremos en otro post). Solo en ese momento se hace patente lo necesaria que es la normalidad del lenguaje, la aparente absurda banalidad de nuestros miles de intercambios cotidianos.

Otros hablantes han sabido esta verdad desde una realidad mucho más dramática: Hellen Keller, la conferenciante y escritora americana muda, sorda y ciega, describía el momento en el que descubrió el lazo que unía los pensamientos a las cosas: tras muchos intentos por educarla, un día su institutriz, Ana Sullivan, le puso la mano bajo el chorro del agua de una fuente. A continuación, escribió con los dedos en la mano de su pupila la palabra “agua” en lenguaje de signos. Repitió ese proceso varias veces, hasta que, según la escritora, se estableció un vínculo entre su pensamiento y el mundo exterior y, siempre según ella, en ese instante se sintió inmensamente feliz porque supo que nunca más volvería a estar sola.

Es cierto, el lenguaje nos hace humanos y, al renunciar a él, al igual que al renunciar a otras necesidades básicas, como comer o beber, trascendemos nuestra experiencia para alcanzar un fin que consideramos superior: nuestro silencio es una emocionada muestra de solidaridad con aquel que ya no está y que, por ello mismo, ya no puede acceder al lenguaje. Dejar de hablar: no me puedo imaginar una muestra más sencilla ni más transparente de respeto.

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