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LINGÜISTAS QUE VALE LA PENA CONOCER: ROMAN JAKOBSON (I)

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Roman Jakobson

Todas las disciplinas científicas tienen a sus héroes, investigadores cuya vida es al menos tan interesante como sus aportaciones. Los físicos cuentan con Richard Feynman; los antropólogos, con la saga de los Leakey pero ¿y los lingüistas? ¿Han sido siempre esos señores aburridos que hojean una gramática con gesto severo y que le echan en cara al resto de la población lo mal que hablan? Iniciamos con esta entrada una serie de lingüistas cuya vida es, por lo menos, tan interesante como la de los científicos que acabamos de mencionar y esperamos que le transmitan al lector una imagen diferente de cómo somos.

Si a alguien se le puede aplicar aquella maldición consistente en vivir en tiempos interesantes, ese fue, sin duda alguna, Roman Jakobson. Este ruso nacido en Moscú en 1896 vivió en primera persona el ambiente de las vanguardias soviéticas en los años previos a la Primera Guerra Mundial y a la revolución comunista. Eran tiempos agitados, en los que los movimientos sociales se vivían con tanta intensidad como los artísticos y en los que el éxito o el fracaso de una exposición dependía de la opinión de genios como el poeta Maiakowski, que podía hundir o ensalzar al autor con una sola frase. En aquella época Jakobson (Roma para los amigos) era un adolescente menor de edad que, para entrar en las exposiciones, tenía que cambiarse el uniforme de escolar por ropa de adulto porque a los jóvenes en pantalones cortos no les estaba permitida la entrada. Pronto Jakobson se integraría en el círculo de los cubofuturistas moscovitas hasta tal punto que, cuando el fundador del futurismo, el italiano Marinetti, acudió a Moscú a dar una conferencia, el traductor de la única reunión entre rusos e italiano fue el joven Jakobson, porque era el único que hablaba tanto ruso como francés. Sobrevolando estas reuniones, como un ave rara y corpulenta, estaba el carismático Maiakowski, con quien Jakobson acabó estrechando una amistad que mantendría hasta el suicidio del gran poeta ruso. Esta relación con los poetas de su generación fue una constante en su vida y es algo que se ha repetido también con otros grandes lingüistas (en el ámbito español, por ejemplo, es conocida la relación entre Emilio Alarcos y los poetas de la generación de los cincuenta).

Con esa base intelectual, no es de extrañar que cuando Jakobson ingresara a la facultad de Historia y Filología de la Universidad de Moscú decidiera fundar, con tan solo dieciocho años, el Círculo Lingüístico de Moscú. Pretendía recolectar cuentos y canciones populares rusos para estudiar la relación entre folklore y lengua pero su primera visita al campo ruso estuvo a punto de costarle la vida: cuando, en plena Primera Guerra Mundial, los mujiks de una apartada aldea vieron a un jovencito bien vestido que no paraba de hacerles preguntas, infirieron que esa actitud solo podía corresponder a un espía alemán y lo encerraron en una habitación para matarlo. Jakobson escapó en el último momento y salvó su vida por los pelos.

Solo dos años después, en una visita a San Petersburgo, estuvo presente en el nacimiento de los llamados formalistas, los primeros críticos literarios del siglo XX. Para que el lector se haga una idea, es como si un físico de principios de siglo hubiera estado presente junto a Einstein en la redacción de la Teoría de la Relatividad y, solo unos años después, hubiera participado en el surgimiento de la teoría cuántica al lado de Heisenberg. No solo eso, también estuvo en San Petersburgo en el momento en el que Lenin llegó de su exilio para volver a Rusia y encabezar la revolución. Uno de sus amigos acudió a la estación y le dijo al volver: “Parece un loco, pero es muy convincente”.

Tras el triunfo de la Revolución, Jakobson siguió frecuentando los círculos literarios, que cambian a golpe de obras maestras, nuevos movimientos, pero también a golpe de purgas políticas. En su libro de memorias, titulado “Mis años futuristas”, cuenta cómo salvó de la persecución a Víctor Shklovski, el padre de los formalistas rusos, acogiéndolo en su casa y obligándolo a disfrazarse para huir. Cuando Sklovski estaba en el departamento de Jakobson, desnudo y rapándose el pelo para no ser reconocido, se dejó caer por casa de Jakobson uno de sus profesores que, ante la insólita imagen de un joven desnudo y calvo se puso a hablar –reacción cien por cien rusa– de manuscritos en ruso antiguo.

Víktor Shklovski y Vladímir Maiakowski en el mar.

No sabemos qué hubiera sido de la vida de Jakobson de haberse quedado en Moscú; tal vez habría acabado siendo un exiliado más. Pero por suerte para él y para la historia de la Lingüística, el Comisariado de Asuntos Exteriores necesitaba en Praga un funcionario con conocimientos de checo, y el joven lingüista los tenía, así que fue contratado para lo que iba a ser una misión corta y que se prolongó desde 1920 hasta 1939, lo que dio lugar a la agrupación más brillante de lingüistas del siglo XX: el Círculo de Praga. Pero ese será el objeto de otra entrada. El día en que Jakobson emprendió su viaje a Praga tenía apenas veinticuatro años.

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Transcribir conversaciones: de Google y lingüistas.

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Google assistant como si fuera una grabadora portátil a finales de los sesenta.

La noticia saltó este verano: Google admitía haber transcrito una parte de las grabaciones obtenidas mediante su asistente personal para transcribir y almacenar dichas conversaciones. Aunque la noticia se ha tratado en la prensa en términos de privacidad y abuso de autoridad, a nosotros los lingüistas esta noticia nos sugiere la aplicación práctica de una técnica dolorosamente laboriosa que se desarrolló en los años setenta en Estados Unidos: la transcripción de conversaciones.

Hasta la invención del radiocassette portátil, la grabación de conversaciones era prácticamente imposible, ya que solo se podía realizar llevando a un par de hablantes a un estudio de grabación y, normalmente, estos estaban tan cohibidos que el lenguaje que producían no era el suyo, sino una adaptación de lo que creían que se debía decir. Si quería investigar el habla coloquial, al lingüista no le quedaba otra alternativa que tomar notas y fiarse de su memoria; más o menos lo que hacía un Gary Cooper lingüista en esta escena (¡lo que ha cambiado Hollywood!).

A finales de los años sesenta, sin embargo, las cosas cambian: es el investigador el que se puede desplazar al lugar donde están los hablantes y registrar su habla con la ayuda de una grabadora portátil. Surge así una disciplina dedicada a estudiar las conversaciones cotidianas de los hablantes sobre la base de sus producciones reales; denominada Análisis Conversacional. Los empleados que han transcrito las conversaciones de Google son herederos –seguramente inconscientes, puesto que a los expertos en Inteligencia Artificial les cuesta aceptar cualquier deuda con los lingüistas– de aquellos.

Una de las primeras cuestiones que se planteó esta nueva disciplina fue cómo pasar al papel una conversación de modo que reflejara las particularidades del habla y no fuera un calco de las convenciones de la lengua escrita. Pongamos un ejemplo; así es como aparece un diálogo en El Jarama, una novela que buscaba reproducir de forma realista el habla cotidiana:

–Anda, cuéntame algo. Tito.
–Que te cuente, ¿el qué?
–Hombre, algo, lo que se te ocurra, mentiras, da igual. Algo que sea interesante.
–¿Interesante? Yo no sé contar nada, qué ocurrencia. ¿De qué tipo? ¿Qué es lo interesante para ti, vamos a ver?
–Tipo aventuras, por ejemplo, tipo amor.

Y así es como se representa una conversación coloquial:

A: habláis poco ¿eh?

C: ¿para qué?§ 

B:                      § ¿qué quieres que hablemos↓ nano↑?

D: toma 

B: ¿situación coyuntural↑ oo la política estructural↓?

A: de vuestras cosas 

B: puees ayer me tiré a dos chinos↓ nano§ 

A:                                                                          § a dos negros↓ dirías 

B: ¡yee pasa las papas! → ¡hostia↑! medio paquete os habéis hecho ya↓ cabrones → déjame coger§

D:                                                                                                                                                                § medio paqu– noo de eso no se llena (8”) [dame cocacola]

(Briz y Grupo Val.Es.Co. 2002)

Posiblemente al lector le haya costado más esfuerzo leer el segundo fragmento que el primero. También es posible que le parezca que la conversación no tiene sentido o que estos cuatro hablantes hablan mal. Sin embargo, se trata de estudiantes universitarios convertidos hoy en día en profesionales liberales respetables. Puedo asegurarle al lector que, si se grabara a sí mismo, tendría la misma impresión. Las conversaciones siguen reglas de construcción que la sintaxis que nos enseñaron en la escuela no puede explicar, y deben de ser conocidas por todos porque ningún hablante se ha quejado, hasta el momento, de no entender una conversación con amigos o con su familia. Y sin embargo, poner en forma de reglas dicho saber es una tarea en la que muchos lingüistas estamos implicados y que solo poco a poco se va desvelando. 

Este empeño investigador no es una muestra de la inutilidad de las Humanidades, como pudiera pensarse, si hasta el todopoderoso Google se ha sumado a nosotros en esta misma tarea: el que consiga desentrañar las claves de los mecanismos de la conversación producirá un avance enorme para el reconocimiento automático del habla y para que las máquinas hablen, realmente, como los seres humanos.

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Cuando el eye-tracker salió en la televisión

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¿En qué nos fijamos al comprar?

Si alguna vez se ha parado a observar la organización de los productos de su tienda de muebles sueca de confianza, habrá notado que están perfectamente dispuestos. Si no lo ha hecho, piénselo por un momento: pasillos interminables en los que, cuando menos lo espera, se encuentra con cuencos Färgrik que no pensaba comprar, un espejo Ekne que le fascina, o un portavelas Skurar que no le hace mucha falta en casa. Tras plantearse si los necesita o no, y llegar a la conclusión de que, seguramente, los iba a comprar en un futuro (no muy) lejano, da un paso al frente, adelanta la posición del carrito, y lo mete todo dentro con decisión. ¿Ha notado, además, que aunque no quiera se ve obligado a pasar por todas las zonas del hogar para salir del recinto?

   Todo esto no es solamente fruto de la buena organización de los nórdicos, sino de las distintas técnicas aplicadas a partir de los estudios de mercado, con los que se busca atraer la atención del comprador y, de paso, escarbar en su bolsillo. Uno de esos métodos es el del sistema eye-tracker:si es la primera vez que oye hablar sobre esto, no se preocupe, no es el único. Mucha gente se quedó sorprendida con lo que puede hacer este sistema cuando lo llevaron a la “sección de ciencia” de El Hormiguero hace unas semanas. Eye-tracker se traduce por “seguimiento de los ojos”. Básicamente registra, con una cámara infrarroja, todos los movimientos del ojo humano cuando está observando algo, y lo hace en tiempo real, es decir, que es posible ver qué está viendo la persona que está usándolo. Si bien es cierto que en El Hormiguero lo emplearon para ver si dos invitados se fijaban o no en los atributos físicos de modelos en movimiento y así hacer reír al público, el eye-tracker se utiliza con fines más específicos. En el caso de las compras y los productos, permite comprobar qué es lo que más llama la atención del cliente mientras consume. Como resultado, los colores o precios más atractivos se colocan por encima de otros, asegurando su adquisición: el gancho perfecto está, por tanto, científicamente probado.

   Parece esta una historia de ciencia-ficción, pero nada más lejos de la realidad: incluso ciertos estudios lingüísticos aplican el eye-tracker para analizar cómo se procesa la información mientras se lee un texto. Estos estudios pertenecen a las ramas de la psicolingüística o la pragmática experimental, y buscan apoyar diferentes teorías con datos empíricos, obtenidos de experimentos replicables: por ejemplo, la producción y comprensión del lenguaje no solo pueden describirse teóricamente, sino también a partir de los comportamientos manifestados por los propios hablantes cuando se comunican. Precisamente, los trabajos con eye-tracker tienen ese objetivo: siguen la hipótesis ojo-mente, según la cual existe una relación entre los movimientos de oculares y lo que hace el cerebro para asimilar todo lo visto. Cuanto mayores son las dificultades de comprensión, más movimientos distintos producen los ojos. Dichos movimientos tienen una interpretación asociada: si los ojos se fijan durante mucho tiempo en un punto concreto, querrá decir que se está absorbiendo toda la información relacionada con el contenido observado: este movimiento recibe el nombre de fijación. Si, por el contrario, los ojos vuelven hacia atrás en repetidas ocasiones o se mueven lentamente, puede que haya problemas; estos dos últimos movimientos reciben el nombre de regresión y sacada, respectivamente. Este método es tremendamente útil para comprobar cómo adquieren los niños las lenguas, cómo pequeñas palabras como porque, sin embargo u o sea ayudan a organizar los discursos, o cómo los humanos conciben, cognitivamente, distintas funciones comunicativas, como la formulación, la argumentación o la información, solo por mencionar algunas de sus aplicaciones (en una próxima entrada se detallarán algunos resultados de estos estudios experimentales).

  A partir de ahora ya sabe, el lenguaje, a pesar de ser abstracto, puede medirse con un eye-tracker: los ojos no mienten. Y, ya de paso, compruebe si en su supermercado los productos siguen un orden determinado. Si es así, probablemente se deba al uso de este sistema. Después de leer esta entrada, puede hacerse una idea de cómo funciona, así que no caiga en la tentación cuando vuelva a visitar al gigante sueco en busca de puertas para armarios o utensilios de cocina. O sí. En ese caso, buena suerte.

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CHERNOBYL: ARGUMENTOS SUFICIENTES Y ARGUMENTOS INSUFICIENTES (Atención: leer solo después de haber visto la serie)

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El actor Stellan Skarsgård interpretando a Boris Shcherbina en Chernobyl.

Ya dedicamos otra entrada a comentar el discurso central de Chernobyl, pero esta serie tiene varios ejemplos de argumentación que vale la pena comentar. En esta ocasión nos centraremos en el episodio de los tres héroes, de los “tres hombres a los que se pide permiso para matar” y, en concreto, en la escena en la que se les convence para que acepten una misión suicida que los va a llevar a la muerte.

El problema retórico que plantea dicha escena es ¿por qué va a aceptar alguien la renuncia a su propia vida? La respuesta es clara: por algo que sea más valioso que esta. En Retórica, esta respuesta tiene que ver con la fuerza del argumento y se basa en dos ideas: la primera, que no vale cualquier tipo de argumento para llegar a una conclusión; la segunda, que cuanto más improbable sea una conclusión, más fuerte tiene que ser el argumento.

La escena comienza con un Legásov titubeante describiendo la misión y proponiendo a cambio una recompensa: un aumento de sueldo y de categoría profesional. Como señala uno de los trabajadores a continuación, arriesgar la vida a cambio de un poco más de dinero y de una mejora laboral no es razón suficiente para sumergirse en agua radioactiva. Tiene razón: la argumentación de Legásov no posee fuerza argumentativa. Es en ese momento cuando Boris Shcherbina entra en la conversación con el argumento correcto: “lo haréis porque se tiene que hacer”. Esta idea sola habría bastado, dado que los personajes son rusos, pero la apuntala con dos argumentos adicionales irrefutables: “lo haréis porque nadie más puede hacerlo” y “porque si no lo hacéis, millones de personas morirán”. En efecto, uno de los argumentos con la suficiente fuerza para convencer a alguien de que sacrifique su propia vida es la vida de los demás, y el que nadie de fuera de esa sala sea capaz de hacerlo reduce el círculo de decisión enormemente.

Por si esto no bastara, Shcherbina excluye la posibilidad de no haberlos persuadido: “Si me decís que estas razones no son suficientes no os creeré”. Así, convencidos todos racionalmente de la verdad de los hechos (el logos), el que no se postule como voluntario no lo será porque no entienda la gravedad de la situación, sino porque no se atreva (el pathos). Tras de esto solo queda dejar unos minutos de reflexión para que los voluntarios se decidan.

Antes hemos afirmado que el argumento “lo haréis porque se tiene que hacer” habría sido suficiente dado que se trataba de rusos (soviéticos, si se quiere). Vale la pena explicar esto con un poco más de detalle: todo grupo humano está preparado para aceptar ciertas argumentaciones por encima de otras. En los países protestantes, por ejemplo, la argumentación sobre la responsabilidad individual se acepta como válida; por eso el empleado de una línea aérea buscará una solución a los viajeros si un vuelo se cancela porque, en ese momento, él representa a toda la empresa y responder ante los clientes es una responsabilidad suya. En las culturas mediterráneas, por el contrario, estamos más orientados hacia ponernos en el lugar de los demás, por eso un funcionario puede hacernos la fotocopia que se nos ha olvidado incluir en nuestro expediente si tiene una fotocopiadora en su puesto de trabajo, aunque no tenga por qué hacerlo.

En la cultura rusa, una noción inserta en el ADN de sus habitantes es la de sacrificio. El sacrificio es el del individuo por la colectividad, por una patria que es más grande que cualquiera de sus habitantes; ese argumento es el que se ha empleado en las grandes ocasiones en las que el país ha visto amenazada su existencia y es el que resuena en las mentes de los técnicos: “hacer lo que se tiene que hacer” agita en las mentes rusas unas resonancias emocionales muy diferentes a las que puede activar en nuestras mentes y los sitúa ante un reguero de grandes y anónimas heroicidades, de las que ellos son solo una gota más.

Con gran acierto, los guionistas cierran la intervención de Shcherbina con referencias al sacrificio, porque un discurso no solo tiene que tener potencia, fuerza argumentativa, sino que tiene que adaptarse con las expectativas y las categorías mentales de las personas que lo reciben.

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A veces una letra vale más que mil palabras…

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Por Antonio Hidalgo Navarro.

Práctica de caligrafía. Todo un clásico.

Por lo general nuestra relación consciente con la lengua que hablamos es distante, a no ser que seamos expertos en ella o profesionales vinculados con esta. Yo soy un profesional del lenguaje, sí, pero me parece de justicia reinvindicar la vinculación que tiene la lengua y su conocimiento interiorizado con nuestra forma de desenvolvernos comunicativamente a diario. El conocimiento del lenguaje se va adquiriendo desde la niñez, y así, algo tan aparentemente banal como el conocimiento de las letras del alfabeto acaba por adentrarse tanto en el ADN de nuestra capacidad comunicativa, que estas (las letras del alfabeto) llegan a convertirse en el recurso más idóneo para decir mucho con el mínimo esfuerzo; de ahí el título de estas líneas: una letra vale (a veces) más que mil palabras… Por ejemplo, las letras son protagonistas de muchas frases hechas o expresiones mediante las cuales damos a entender mucho más de lo que decimos literalmente: las letras llegan allí donde la capacidad explicativa se diluye. Veamos algún caso curioso.

Todos sabemos “poner los puntos sobre las íes” y entendemos lo que significa decir esto: hablar con claridad y propiedad. El punto de la “i” sirve por sí solo para valorar la precisión de una frase de una intervención, etc.

Asimismo, cuando alguien conoce muy bien un asunto, ya sea por su memoria, ya sea por su experiencia, decimos que se lo sabe todo “de la A a la Z”, o “de pe a pa”. De nuevo los nombres de letras o sílabas nos permiten expresar mucho más de lo que en sí mismos significan. De hecho, ni “a”, ni “z”, ni “pe” ni “pa” significan nada, y ¡cuánto indican si aparecen convenientemente combinadas…!

Otras veces si tenemos algún problema, recurrimos a la ortografía o al abecedario para justificar la dificultad en hallar solución ya que “por H o por B” no conseguimos dar con la tecla adecuada: trasladamos a la categoría de frase proverbial la dificultad y las dudas de los niños cuando están aprendiendo a escribir y a usar estas letras del alfabeto del español…

La ortografía es también el gran socorro del significado cuando matizamos que lo que estamos diciendo va “entre comillas”. No queremos ser demasiado tajantes y las comillas nos permiten salvaguardar nuestra imagen.

El resultado, si agrupamos los recursos anteriores, es mucho más sugerente y rico, expresivamente hablando, que si empleáramos el lenguaje de forma directa. Veamos el ejemplo que sigue:

“El nuevo director de la oficina supo poner los puntos sobre las íes cuando, dirigiéndose a los empleados, refirió de pe a pa y de la A a la Z tanto los asuntos pendientes de resolver como los que, por H o por B, no se habían podido resolver a tiempo. Dicho entre comillas, este sí se comportó como un jefe “de verdad”, y no el pusilánime que habíamos tenido hasta hacía dos semanas…”

Y comparémoslo con esta otra forma de decir:

“El nuevo director de la oficina se dirigió con enfado a los empleados y fue refiriendo pormenorizadamente los asuntos pendientes de resolver y los que no se habían resuelto a tiempo por muy diversas razones, derivadas fundamentalmente de la incompetencia de sus responsables. Aunque esta reprimenda no fue lo más deseable y hubiera sido preferible que el trabajo comprometido saliera adelante, se puede decir que este sí actuó como un buen jefe, y no el pusilánime que habíamos tenido hasta hacía dos semanas…”

¿Cuál de las dos versiones es más efectiva, más ilustrativa, más gráfica…? Dejo a la reflexión del lector la respuesta. La letra fluye en nuestro interior… aunque no seamos conscientes de ello.

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LEGASOV Y EL DISCURSO DEL LOGOS EN CHERNOBYL (Atención: leer solo si se ha visto la serie)

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El actor Jared Harris interpretando a Valeri Legásov en la serie Chernobyl.

En estos tiempos en los que todos los gurús de la comunicación han entronizado a las emociones como el único objetivo de un discurso (cuyo ejemplo más representativo es el mítico discurso de Steve Jobs en Stanford), la serie Chernobyl nos devuelve el papel de las palabras para producir una reconstrucción racional de la realidad; para reconstruir el logos, el orden, de entre el caos.

La escena que vamos a comentar se puede encontrar en internet fragmentada en diferentes cortes, ya que los productores de la serie decidieron, con gran acierto dramático, alternar los fragmentos narrativos con reproducciones de los momentos previos a la explosión. Por esta razón, el hilo central del discurso se encuentra en los fragmentos señalados al lado de cada video:

https://www.youtube.com/watch?v=i-4QbhYClCI (3’20”-4’45”)

https://www.youtube.com/watch?v=qRFwI4rODnE (0’0’’-2’08’’)

https://www.youtube.com/watch?v=5nvgAlTAnVk (0’10’’ – 2’04’’) (3’38’’-4’38’’)

https://www.youtube.com/watch?v=J-xh_XKYcHQ (0’0’’-0’-14’’) (0’48’’-1’51’’) (2’03’’)

https://www.youtube.com/watch?v=SC31n68fdts (0’0’’-2’55”) (3’20”-4’40”)

El discurso de Valeri Legásov es un ejemplo perfecto de cómo una realidad compleja y altamente difícil de entender puede hacerse comprensible gracias a un discurso claro y perfectamente elaborado. Esta es una cuestión que interesa a todos los científicos y técnicos que trabajan en ámbitos especializados, como la genética o la inteligencia artificial: ¿cómo es posible transmitir una realidad altamente compleja? Este objetivo se enfrenta a dos escollos igualmente peligrosos: el de ser incomprensibles, por un lado, y el de caricaturizar el tema debido a una simplificación excesiva, por otro. Si discursos como el del cambio climático, por ejemplo, se plantean llegar a la mayor parte de la sociedad, es necesario que su forma de comunicar supere estos dos riesgos y se desarrolle de una forma simple y efectiva. No es nada fácil, porque ya advertía Schopenhauer que hacer creer una idea falsa y sencilla es muchas veces más fácil que convencer de una idea verdadera pero complicada.

El discurso de Legásov se estructura a partir de una idea central: la contraposición entre lo que aumenta la temperatura en el interior de un reactor nuclear y lo que la disminuye. Este planteamiento se desarrolla mediante las fichas rojas y azules que aportan visibilidad a cada uno de estos factores: su colocación en paralelo en el estante situado a su lado ofrece una información visual de los instantes en que se alcanza el equilibrio entre ambos factores y aquellos en los que se rompe. De este modo, una realidad compleja (la reacción nuclear) se introduce en el molde de una relación comprensible para todo el mundo (la relación entre opuestos).

Sobre este punto de partida, el discurso se articula siguiendo el orden cronológico de los sucesos: en una narración cuidadosa y esencial, Legásov desgrana los hechos relevantes que llevan del funcionamiento normal de un reactor hasta el desastre. Es cuidadosa porque implica seleccionar, de todos los hechos que sucedieron en el puesto de mando, aquellos que van a resultar relevantes para entender lo ocurrido; en este punto, el cómo y el por qué van de la mano: cada una de las decisiones tomadas en los instantes previos a la tragedia (el cómo sucedió) se convierte, asimismo, en causa de la destrucción (el por qué). Así, avanzar en el tiempo lleva a ir entendiendo las causas, de modo que, cuanto más cerca estemos del momento de la tragedia, más comprenderemos lo cerca que estamos de que se produzca la explosión. Los retóricos clásicos llamaban a esta forma de exposición ordo naturalis, orden natural, y es la manera más efectiva de hacer comprensible hechos complejos, porque asimila una realidad difícil de comprender (una cadena de causas y consecuencias) a un hecho sobre el que tenemos experiencia directa (el sucederse de acciones en el tiempo).

La forma del discurso llama la atención por su aparente sencillez: aunque no se puede prescindir de términos técnicos, como “coeficiente de temperatura negativa”, ni se puede evitar mencionar elementos químicos como el boro, las oraciones son simples y se evitan las subordinaciones y los periodos sintácticos largos. Esta es otra buena decisión: cuando la realidad que se va a relatar es pesada, la estructura del lenguaje debe ser ligera. Tal vez gracias a eso, la velocidad de habla de Legasov es relativamente baja y permite ir asimilando los hechos que se exponen: el fondo y la forma van de la mano y contribuyen, de forma conjunta, a la buena comprensión del discurso.

No sé si al lector de esta entrada le habrá parecido emocionante el discurso que analizamos; tal vez sí y, probablemente, tal sea la causa de que esté leyendo estas líneas, de que quiera saber más. Sin embargo, la escena que comentamos no cumple muchos de los requisitos que se recomiendan para emocionar: no nos encontramos con un orador especialmente atractivo, ni elegante; no pretende emocionar al juez ni cambiar la opinión de la sala; no hace uso de anécdotas personales, no recurre a preguntas que capten la atención. Su objetivo es explicar lo ocurrido, apelando para ello a la capacidad racional de la audiencia. La primera fuente de emoción proviene precisamente de esa capacidad racional que nos va desvelando, paso a paso y de una forma convincente, la lógica de los hechos en lo que era antes una maraña informe de sucesos. Y si el lector se ha sentido impelido por dicha emoción, es porque posiblemente la haya sentido antes, probablemente en las clases de algún profesor que le hizo amar una asignatura o en la lectura de algún libro que le hizo entender una materia. Las emociones son un mundo complejo, ciertamente, y no se agotan en una definición simplista.

Pero si antes hemos hablado de una primera fuente de emoción es porque hay otra que remite al conflicto dramático planteado en toda la serie sobre la contraposición entre verdades y mentiras y que tiene en Legásov a su héroe. Este conflicto inicial planea a lo largo de todo el discurso hasta que, al final, Legásov adquiere el ethos, la autoridad del que personifica los valores de una sociedad y que produce por eso mismo emociones; pero esta es materia que merece una entrada aparte, probablemente dentro de unos posts.