Oratoria

Sobre el miedo a hablar en público

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Uno de los temas más recurrentes en cualquier curso sobre comunicación es el miedo a hablar en público. Sea cual sea la composición del alumnado, es frecuente que uno o más participantes confiesen, en público o en privado, que la razón para acudir a dicho curso radica en la tensión causada por el hecho de tener que hablar ante un grupo más o menos grande de personas. No es este un caso aislado. El informe sobre miedos que realiza cada año la universidad de Chapman sitúa el que nos ocupa como el temor número cincuenta y nueve de los estadounidenses, por encima… ¡del temor al infierno o incluso al mismo diablo!

Como sucede con todo lo que tenga que ver con la comunicación humana, este es un tema con múltiples ramificaciones que no se pueden agotar en un post: así, hay aspectos del miedo a hablar en público que adquieren caracteres patológicos y requieren por ello de ayuda especializada. Recuerdo el caso de un alumno que, ante un ejercicio que consistía en hablar durante dos minutos ante sus compañeros el primer día de clase, abandonó el aula en la primera pausa y no volvió a aparecer durante el resto del curso. Sin embargo, estos casos son los menos. Cuando alguien me confiesa su miedo a realizar exposiciones orales, siempre les pregunto a qué tienen miedo específicamente. Invariablemente, recibo dos respuestas: una, “a quedarme en blanco”; dos, “a qué pensarán de mí”. Una respuesta que unifica las dos anteriores es la de “a hacer el ridículo”. Ambas respuestas son razonables y responden a un miedo real: en efecto, no resulta una experiencia agradable no saber qué decirle a un grupo de personas que esperan nuestras palabras, como tampoco lo es que un grupo de gente piense mal de uno mismo. Pero precisamente porque son reales se trata de temores que se pueden atacar mediante un trabajo que puede resultar más sencillo de lo que parece.

El primero de estos miedos es, digamos, técnico. Si hablar consistiera en reproducir de carrerilla un discurso que existe en nuestra cabeza sin vacilaciones, sin olvidos y con soltura, estaríamos ante una tarea complicada que requiere ensayos y experiencia. Afortunadamente, en la vida cotidiana prácticamente nadie se tiene que enfrentar a dicho reto. Hace ya tiempo que las exposiciones profesionales, tanto en las empresas como en la educación, se hacen con la ayuda de presentaciones con diapositivas, en las que se escriben las ideas centrales de la presentación. Para el que habla, son guías que le descargan de la tarea de memorizar; para el que escucha, son apoyos que le permiten seguir mejor la charla. Si no existiera dicha posibilidad, o si un apagón informático impidiera la conexión de ordenadores y de redes, nadie se va a enfadar por que un orador tenga en su mano unos folios en los que figure el esquema de su presentación. Con imprimir dicho documento en un tipo de letra grande para poderlo leer a distancia, y teniendo la precaución de colocar poca información en cada folio, se podrá reproducir sin problemas la totalidad de la presentación en diapositivas. Lo ideal consiste en que se preparen ambas cosas. Así, al sentirse a salvo de los imprevistos, la seguridad del orador aumenta. Y, como el tiempo que se ha dedicado a preparar ambos documentos aumenta el dominio de la materia, las posibilidades de éxito también aumentan.

Dicho esto, es cierto que hay un reducido grupo de personas que deben exponer de memoria temas complejos. Me refiero a los opositores, especialmente los que se preparan a los exámenes más exigentes del sistema español (abogado del Estado, Notarías, etc.). Si ustedes pertenecen a estos grupos, enhorabuena: son un grupo de élite de la Oratoria, unos GEOS, por así decirlo, de la exposición oral. Y como a todo grupo de élite, les espera un trabajo duro y especializado, para el que se necesita un profesional especializado (el preparador), una planificación cuidadosa y muchas horas de entrenamiento. Son precisamente estas horas las que van a reducir su nivel de estrés: cada semana los opositores entrenan las condiciones del examen “cantando”, como se dice en el argot, los temas. Y esta exposición repetida y progresiva a la tarea final ayuda a rebajar el nivel de estrés a límites soportables. De su experiencia se puede extraer una conclusión sencilla pero no por ello menos cierta: el miedo a hablar se basa buena medida en el miedo a lo desconocido. Si usted se enfrenta a ello ensayando su discurso, convertirá lo desconocido en conocido y se preparará para afrontar con éxito su miedo. Así que, aunque no sea un miembro de élite, ensaye su exposición y verá cómo va dominando su miedo poco a poco.

El segundo de los miedos no tiene que ver el orador, sino con el público. Por muy seguro que alguien pueda estar de lo que va a decir y por mucho que se controle la producción del mensaje, no es posible tener ningún control sobre lo que van a pensar los demás. También este miedo está bien fundado. Como señalamos en un post anterior mediante el lenguaje creamos una imagen social de nosotros mismos, y a todos nos gustaría aparecer como personas seguras, brillantes e inteligentes. Pero situarse ante un público implica confrontar esos deseos vagos con la realidad: ¿y si a alguien del público no le gusto? ¿Y si piensan que lo que digo es ridículo? ¿Y si acaban odiándome? Lo que la práctica enseña es que la diversidad de percepciones es consustancial al público, así que, sí, en esa audiencia a la que nos enfrentamos va a haber alguien a quien no vamos a gustar, que no va a compartir nuestras ideas y para quien lo que digamos sea ridículo, así que lo mejor que podemos hacer es prepararnos para eso y asumir una cierta tasa de fracaso. En mis cursos, después de que alguno de mis alumnos haya realizado un pequeño discurso suelo preguntarle al resto del grupo si su compañero estaba nervioso: una parte responde afirmativamente, mientras que otra da una respuesta negativa, así que uno de los dos grupos forzosamente ha tenido una percepción equivocada de la realidad. Para resolver esta cuestión, le pedimos al alumno en cuestión que nos responda. Por muchos años que lleve repitiendo la misma práctica, no deja de sorprenderme en cuántas ocasiones la percepción aparentemente objetiva de algo tan evidente como los nervios pasa desapercibida para una parte considerable del público. Y lo que ocurre con los nervios se extiende, con mayor frecuencia si cabe, al resto de nuestras características personales; si nuestro problema es qué van a pensar de nosotros, la respuesta es clara: van a pensar de todo. Como en el caso anterior, una vez que asumimos este hecho, ya estamos preparados para lo peor y esta preparación reduce el estrés y por tanto el miedo.

Foto: Crystal710

Por tanto, tal vez su miedo inicial a hablar en público sea menos insalvable de lo que ha creído durante muchos años: una preparación sólida de los contenidos que va a transmitir y una serie de ensayos previos pueden convertir una preparación dubitativa en una exposición clara y convincente. Dos consejos muy poco espectaculares, pero sencillos, fáciles y al alcance de todos. Ya no tiene excusas para no adoptarlos.

Puntuación

La coma de cinco millones de dólares

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Foto: Ake

Existe la creencia de que los signos de puntuación nos ayudan a no quedarnos sin aire cuando estamos leyendo. Sin embargo, la verdadera función de estos signos es ayudarnos a ordenar el pensamiento, establecer jerarquías y tratar de hacer más comprensible la información que estamos leyendo.

Por eso, aunque todos los signos de puntuación son necesarios, la coma ocupa un lugar destacado. No en vano, un mal uso de la coma puede generar confusión o, incluso, cambiar por completo el significado de una oración, como ilustran estos ejemplos atribuidos a Julio Cortázar:

La coma puede condenar o salvar:

¡No tenga clemencia!

¡No, tenga clemencia!

O puede llevarnos a puntuar de manera distinta. Por ello, lean y analicen la siguiente oración:

«Si el hombre supiera realmente el valor que tiene la mujer andaría en cuatro patas en su búsqueda».

Si usted es mujer, con toda seguridad colocaría la coma después de la palabra mujer.
Si usted es varón, con toda seguridad colocaría la coma después de la palabra tiene.

Más allá de estos ejemplos (que no dejan de ser anecdóticos) lo cierto es que, en nuestro día a día, un mal uso de la coma puede salir caro, especialmente en el contexto profesional. Sirva de muestra lo que le sucedió a una empresa de productos lácteos en Maine, Estados Unidos. En 2014, cinco camioneros que se encargaban de la distribución de productos de la compañía reclamaron el pago de unas horas extra que habían acumulando durante más de cuatro años. La empresa no reconocía que la distribución de los productos fuera una actividad susceptible de percibir esta ventaja salarial, por lo que, ante la imposibilidad de llegar a un acuerdo, los empleados decidieron acudir a los tribunales.

Ilustración: Sasi

La clave de la polémica residía en la interpretación de una ley estatal, donde la ausencia de una coma marcó la diferencia. La demanda hacía referencia a la ley estatal sobre el pago de horas extra que, según reza, no se aplica a «enlatado, procesamiento, conservación, congelación, secado, comercialización, almacenamiento, embalaje para envío o distribución» de alimentos. Sobre la cual, los conductores afirmaban que la excepción se refería a la actividad del «embalaje para envío o distribución», pero no a la distribución. Un juez les dio la razón ya que la falta de la coma causaba confusión sobre si la distribución en sí misma estaba libre del pago de horas extras.

Finalmente la empresa llegó a un acuerdo con los demandantes y pagó solo cinco millones de dólares (la mitad de lo reclamado inicialmente). En cualquier caso, resultó ser una coma muy cara.

Retórica

Debates electorales: el que se pasa, pierde

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Los dos debates electorales que se acaban de producir esta semana ofrecen una buena lección de retórica: en un mundo político dominado por los asesores de imagen y los golpes de efecto, los candidatos que saben ajustar su mensaje a lo que el destinatario espera de ellos, ganan. Por contra, los que buscan conectar con el núcleo emocional de cada uno de los votantes mediante una narración emotiva (storytelling) o mediante elementos auxiliares al debate (fotos, gráficos o incluso pergaminos) se sitúan en una posición muy delicada de la que es difícil salir. En el ámbito político, cada uno es libre de adoptar la estrategia que más le guste: allá ellos con los asesores que pagan. Sin embargo, este es un blog para el ámbito profesional y, en este sentido, sí que nos parece justo advertir de los riesgos que corremos si intentamos trasladar estas estrategias a nuestra práctica cotidiana.

Dediquémonos hoy al storytelling. Esta palabra inglesa es la versión elegante de la narración castellana (del mismo modo que el muffin lo es de la humilde madalena) y hace tiempo que se ha puesto de moda en los gabinetes de comunicación como recurso infalible para conectar. Es cierto que esta idea tiene una base cognitiva cierta: si contamos una historia vamos a generar más atención que si comentamos un reglamento municipal; y si añadimos que es una historia personal, la atención aumentará aún más. Los seres humanos somos así: por eso todas las sociedades, hasta las más primitivas, tienen una mitología y una narrativa propias. Un discurso magistral fundado sobre este procedimiento es el de Steve Jobs en la universidad de Stanford y, animado por este precedente, es muy probable que nuestro profesor en un curso de comunicación nos anime a crear una historia que genere emociones para vender cualquier producto; pero pretender que un caso excepcional se convierta en norma es como hacer esferificaciones de chocolate para la merienda de los niños.

Así que ¡cuidado! Una historia no siempre es una buena historia y una historia a destiempo puede ser un absoluto fracaso. Que se lo digan si no a nuestro anterior presidente del Gobierno y a su famosa niña en los debates de 2008. Se trataba de la intervención final del primer debate cara a cara y Rajoy dilapidó su prestigio como orador insertando una historia emotiva que no se ajustaba nada a su estilo retórico y que ya había sido ofrecida a otro cliente por el asesor político de turno. En el debate del lunes pasado, Rivera utilizó el mismo recurso para su minuto final y, aunque el efecto no fue tan discordante, no se ha librado de las parodias instantáneas porque, lo que no causa emoción, genera burla. Y ese es un riesgo que no nos podemos permitir, porque el prestigio profesional tarda tiempo en construirse pero el ridículo se extiende de manera instantánea.

Retórica

Interrogar es una técnica

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El desmesurado auge que tiene el énfasis sobre la transmisión de emociones en los cursos sobre comunicación deja de lado habilidades profesionales esenciales para colectivos como el de los abogados. Viene este comentario al hilo del reciente artículo publicado en El País sobre el papel de Javier Ortega Smith, el letrado de Vox, en el juicio sobre el procés. En dicho artículo se recoge el siguiente ejemplo (cita literal):

“El abogado de Vox Javier Ortega Smith toma la palabra y pregunta a uno de los policías que intentaron impedir el referéndum ilegal:

–¿Les lanzaron objetos al abandonar el colegio?

–No.

–¿Y había encapuchados?

–No.

–No hay más preguntas…”

Dado que el objetivo del abogado es demostrar el carácter violento de los hechos, y dado que el policía es la supuesta víctima de dichos actos, permitir que el supuesto agredido reconozca que no se han producido ataques contra él y acabar en este punto el interrogatorio es un ataque frontal a los intereses que defiende el letrado. Por desgracia, no es esta una actividad aislada. La observación del día a día en los juzgados ofrece muchos ejemplos de interrogatorios de este tipo.

La capacidad para interrogar es una habilidad profesional que se adquiere con la práctica (como demuestra Gianrico Carofiglio es su espléndido El arte de la duda) pero es también una técnica que se puede aprender con una formación retórica mínima. Si hubiera estado en la Roma imperial, Ortega Smith podría haber aprendido un par de consejos de un colega suyo con algo más de experiencia llamado Quintiliano:

  1. Se interroga para conseguir algo. Todo interrogatorio debe estar orientado hacia un fin, y dicho fin debería estar claro para el letrado antes de comenzar a preguntar. Si uno no sabe a dónde va, difícil será que llegue a un destino.
  2. Las preguntas deberían concebirse como etapas en dicho viaje retórico. Así, las preguntas iniciales van creando un estado de cosas que, aceptado por el interrogado, le puede llevar a caer en contradicción, lo que hará posible descubrir si está mintiendo. Por esta razón, las preguntas deberían estar preparadas de antemano.
  3. Utilizar interrogativas totales (esto es, preguntas que se pueden responder solo mediante “sí” o “no”) es una forma maravillosa de ofrecerle al interrogado un refugio en el que cobijarse, ya que, limitándose a decir “no”, el interrogado habrá cumplido con sus obligaciones en el juicio. La cita anterior es un buen ejemplo, pero el siguiente vídeo (especialmente a partir del minuto tres) demuestra lo fácil que resulta refugiarse en la negativa.
  4. La repregunta también debe estar orientada hacia un objetivo. Si el letrado se limita a repetir la pregunta original, orientándola, lo que obtendrá como respuesta es un segundo “no”. Un ejemplo más, extraído del vídeo anterior:

“-¿Las campañas electorales [en las que participó el testigo] tenían un objetivo?

–No

– ¿No estaban relacionadas la una con la otra?

–No… no”

En este caso, la repregunta no ha servido para nada y el testigo se ha reafirmado en su posición; la postura del letrado pierde fuerza y la del testigo mejora.

Foto: Carol M. Highsmith
  1. Los interrogatorios se rematan. Acabar in medias res, tanto en un juicio como en la vida íntima, no es una forma brillante de terminar una acción. Un interrogatorio se puede concluir haciendo evidente una contradicción en el testigo, arrojando dudas sobre su testimonio o cerrándolo con un breve comentario en el que quede clara la línea argumental del letrado. En caso contrario, no queda claro para qué se ha estado interrogando.

Lo que este episodio manifiesta es que la formación en comunicación debería incluir, como parte esencial de su temario, el desarrollo de aquellas habilidades profesionales que los profesionales van a utilizar en su día a día. Lo dicho no niega la importancia de las emociones: un interrogatorio bien planteado puede ser tan apasionante como una película de intriga y su desenlace desatar tanta oxitocina como la escena final de una superproducción, pero dicha emoción habrá sido el resultado de una actividad profesional racional, razonada y estructurada en la mesa de un bufete tras una tarde de estudio.

Esta relación entre emoción y razón recuerda aquella frase de Picasso sobre la inspiración, ya saben, “yo no sé si la inspiración existe o no, pero si existe, virgencita, que me pille trabajando”.

Oratoria

En la escuela no se habla (donde se debe)

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Ilustración: Kidaha

Uno de los muchos males que aqueja el sistema escolar español es la ausencia de una educación para argumentar. Y si no he dicho “para hablar” es porque a los españoles no nos hacen falta acicates para comunicarnos ni para comunicar en canal nuestras intimidades ante propios y extraños. La carencia se da en nivel formal del lenguaje, ese en el que se presentan proyectos, se defienden ideas y se construyen sistemas de pensamiento. No es extraño ver a jóvenes licenciados con másteres rutilantes palidecer ante una exposición oral de tres minutos o a valientes bomberos que han arriesgado su vida en innumerables ocasiones recurrir a un tranquilizante antes de dar una simple charla a voluntarios en una reunión de barrio, por citar dos casos que he conocido de primera mano.

Aunque las causas del miedo a hablar en público son complejas y requieren una entrada aparte, no deja de ser evidente que la parálisis se podría paliar con un trabajo desde la escuela, así como que la educación en España no instruye las habilidades orales de una forma reglada. En otros países el sistema educativo sí que cubre este apartado: en Francia se parte de un método que se aplica en las escuelas del país; en Alemania se enseña a los niños a expresar y a confrontar sus opiniones desde pequeños, del mismo modo que en Estados Unidos, donde las ligas de retórica no son solo parte de la vida universitaria, sino que se practican ya desde los diez años.

Nuestro país carece de una enseñanza sistemática de las habilidades orales, lo que produce adultos incapaces de expresar ideas complejas con claridad y fluidez. Esto, a su vez, se traslada a las universidades y a las empresas, afecta a la duración y operatividad de las reuniones de trabajo y permea incluso en el ámbito político, donde la falta de una exigencia retórica por parte de la sociedad permite que cuestiones esenciales de la vida pública no sean respondidas, ni tan siquiera cuestionadas. A modo de ejemplo, en las entrevistas a políticos, incluso las realizadas por periodistas con fama de incisivos, es habitual que el entrevistado no responda a una pregunta incómoda sin que el periodista repregunte porque no hay una presión social para forzar al escapista a volver al redil retórico y enfrentarse a un argumento que le compromete; en otros países, esta estrategia no es permisible y provoca una reacción del entrevistador.

Puede parecer una cuestión secundaria, pero no lo es: una sociedad que no se sabe expresarse bien en el registro formal de una lengua, una sociedad que no exige claridad a sus gobernantes, una sociedad que no convierte sus anhelos y necesidades en planes coherentes y estructurados, es una sociedad menos libre, porque los límites de nuestro lenguaje, como ya dijera Wittgenstein, son los límites de nuestra libertad.

Actualidad

El lenguaje, el aliado más eficaz de la abogacía

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Juan Añón, Antonio Briz, Purificación Martorell, Salvador Pons y Juan Carbonell durante la mesa redonda.

Juristas y lingüistas de alto nivel han llegado a la misma conclusión: el lenguaje es la herramienta fundamental de los abogados y, sin embargo, falta formación y cuidado en su uso. “Por la rapidez con la que vivimos descuidamos el lenguaje”, aseguró Purificación Martorell, magistrada de la Audiencia Provincial de Valencia, durante su intervención en la mesa redonda “El lenguaje inclina la balanza” organizada por Tecnolingüística y Tirant Lo Blanch el pasado día 22 en el Colegio de Abogados de Valencia.

El abogado Juan Añón recordaba que los letrados “tenemos la obligación de ser claros, sencillos y transparentes en la redacción, de no serlo se puede incluso perder un contrato”. Desde el otro lado, Antonio Briz, catedrático de Lengua Española, lo confirma: “Escribir con claridad y corrección evita ambigüedades que puedan terminar en un pleito”.

Falta formación y diálogo

Con la introducción histórica de Salvador Pons, catedrático de Lengua Española, recordó a los asistentes que los juristas romanos eran también los mejores oradores de su época. Sin embargo, la realidad actual es muy diferente y como confiesa el jurista Juan Carbonell: “es un problema de falta de formación pero también de educación básica”. “El corta y pega nos ha hecho mucho daño, es malo tanto para los escritos como para las intervenciones orales”, añade.

La magistrada Martorell denuncia la falta de diálogo entre letrados “son dos monólogos enfrentados, el que contesta lo hace con un modelo, no escucha. Los jueces tenemos que interpretar qué ha querido decir”. La concisión, tanto en los escritos como en las intervenciones orales, es otra de las áreas de mejora más nombradas durante la mesa redonda. Como explicó el profesor Pons, el tiempo es un ingrediente caro en nuestra sociedad y una de las causas de los bloqueos en los tribunales.