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Lingüistas que vale la pena conocer: Roman Jackobson (y II)

Roman Jakobson.

En nuestra anterior entrada dejamos a un joven Jakobson de 24 años como empleado de la delegación diplomática de la URSS en Praga. Contra lo que se pudiera suponer al hablar de un diplomático, en aquella época Jakobson vivía en unas condiciones lamentables: su piso no tenía calefacción y solo podía comer tres o cuatro veces a la semana, por lo que, en sus propias palabras, “pasar por delante de las carnicerías se hacía difícil”. Para superar ambas carencias, pasaba horas en un café donde, según la tradición centroeuropea, uno tiene derecho a ocupar asiento mientras no se acabe su bebida. Pronto su actividad filológica compartiría tiempo con la diplomática y no tardaría en contactar con los mejores lingüistas praguenses (Mathesius, Mukarovski, Wellek) y con exiliados rusos como Nikolás Trubetskoi para fundar, en 1926, el grupo de lingüistas más revolucionario del siglo XX: el Círculo Lingüístico de Praga, que pondría las bases del estructuralismo junto a Ferdinand de Saussure, y del que Jakobson sería vicepresidente. Curiosamente, la sede de muchas de las reuniones del Círculo fue el café al que acudía Jakobson unos años antes para huir del hambre y del frío, una bonita forma de devolverle la hospitalidad que le habían prestado unos años antes. (Esta querencia por los cafés no es exclusiva de los praguenses. La Escuela de Matemática de Lwow, por la misma época, se reunía en una taberna, y no a beber café precisamente).

La actividad del Círculo se mantuvo hasta que fue interrumpida por la invasión alemana de Praga en 1939. Aunque no comulgara con el comunismo, Jakobson, además de judío, era un antifascista militante, por lo que figuraba en un puesto preferente en la lista de ciudadanos a los que había que aplicarles la solución final. Tras quemar su archivo personal, Jakobson consiguió un visado para escapar con su mujer en un viaje en tren a Copenhague… ¡a través de Berlín! En una anécdota digna de Indiana Jones, Jakobson aprovechó el cambio de trenes en la estación berlinesa para enviarles postales desde la capital alemana, que llegaron a sus sorprendidos amigos con matasellos alemán y la fecha del quincuagésimo aniversario de Hitler.

 En Dinamarca enseñó durante un breve periodo en la Universidad de Copenhague –y tal vez conoció al lingüista más inclasificable del siglo XX, Louis de Hjemslev– hasta que los nazis invadieron Dinamarca. Una vez más tuvo que escapar a Noruega, pero por poco tiempo, ya que también Noruega fue invadida por los nazis. La frontera con Suecia la cruzó esta vez dentro de un ataúd, sobre un carro de caballos conducido por un miembro del Partido Socialista Noruego, mientras su mujer en el pescante lloraba como viuda desconsolada. Mientras esperaba un visado en Suecia para los Estados Unidos, Jakobson realizó estudios pioneros sobre el lenguaje infantil y sobre las afasias.

Llegó a Estados Unidos tras sobrevivir su barco a la amenaza del acorazado Bismark, que aterrorizaba los cargueros de todo el Mar del Norte, y fue contratado por las universidades de Columbia, en Nueva York, y Harvard y el MIT, en Boston. No sin problemas: su pasado soviético le hizo ser investigado por el Comité de Actividades Antiamericanas y por el FBI, a pesar de no haber sido nunca miembro del Partido Comunista. Pasada la cincuentena, podría pensarse que la frenética actividad de Jakobson tocaba a su fin y que le esperaba una plácida jubilación en las lujosas universidades Ivy League, pero Jakobson, que conoció más hombres extraordinarios que muchos de nosotros en tres vidas, tuvo aún tiempo de contactar con un joven Noam Chomsky y de colaborar en el surgimiento de la Fonética Generativa. Por si estos nombres le son desconocidos al lector medio de esta entrada, recuerde que el tema uno de los manuales* de Lengua que ha estudiado durante muchos años explica, en su primera página, el esquema de la comunicación humana. Sí, ese emisor-mensaje-receptor que los libros de texto nos han hecho odiar a fuerza de repetir. Pues bien, ese esquema también se lo debemos a nuestro sexagenario lingüista ruso, y no es más que la transposición de un esquema que, en 1949, dos ingenieros de los laboratorios Bell aplicaron a la comunicación hombre-máquina o máquina-máquina.

En sus memorias, Jakobson afirmó haber conocido tres genios en su vida: el poeta Maiakowski, el príncipe Nicolás Trubetzkoi y André Levi-Strauss, en cuya visión estructuralista influyó sin duda. Pero en realidad fueron cuatro: y si Jakobson hubiera querido saber quién era ese cuarto genio, como dijeron de Castiglione y su definición de cortesano, solo tendría que haberse mirado al espejo.

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