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A veces una letra vale más que mil palabras…

Por Antonio Hidalgo Navarro.

Práctica de caligrafía. Todo un clásico.

Por lo general nuestra relación consciente con la lengua que hablamos es distante, a no ser que seamos expertos en ella o profesionales vinculados con esta. Yo soy un profesional del lenguaje, sí, pero me parece de justicia reinvindicar la vinculación que tiene la lengua y su conocimiento interiorizado con nuestra forma de desenvolvernos comunicativamente a diario. El conocimiento del lenguaje se va adquiriendo desde la niñez, y así, algo tan aparentemente banal como el conocimiento de las letras del alfabeto acaba por adentrarse tanto en el ADN de nuestra capacidad comunicativa, que estas (las letras del alfabeto) llegan a convertirse en el recurso más idóneo para decir mucho con el mínimo esfuerzo; de ahí el título de estas líneas: una letra vale (a veces) más que mil palabras… Por ejemplo, las letras son protagonistas de muchas frases hechas o expresiones mediante las cuales damos a entender mucho más de lo que decimos literalmente: las letras llegan allí donde la capacidad explicativa se diluye. Veamos algún caso curioso.

Todos sabemos “poner los puntos sobre las íes” y entendemos lo que significa decir esto: hablar con claridad y propiedad. El punto de la “i” sirve por sí solo para valorar la precisión de una frase de una intervención, etc.

Asimismo, cuando alguien conoce muy bien un asunto, ya sea por su memoria, ya sea por su experiencia, decimos que se lo sabe todo “de la A a la Z”, o “de pe a pa”. De nuevo los nombres de letras o sílabas nos permiten expresar mucho más de lo que en sí mismos significan. De hecho, ni “a”, ni “z”, ni “pe” ni “pa” significan nada, y ¡cuánto indican si aparecen convenientemente combinadas…!

Otras veces si tenemos algún problema, recurrimos a la ortografía o al abecedario para justificar la dificultad en hallar solución ya que “por H o por B” no conseguimos dar con la tecla adecuada: trasladamos a la categoría de frase proverbial la dificultad y las dudas de los niños cuando están aprendiendo a escribir y a usar estas letras del alfabeto del español…

La ortografía es también el gran socorro del significado cuando matizamos que lo que estamos diciendo va “entre comillas”. No queremos ser demasiado tajantes y las comillas nos permiten salvaguardar nuestra imagen.

El resultado, si agrupamos los recursos anteriores, es mucho más sugerente y rico, expresivamente hablando, que si empleáramos el lenguaje de forma directa. Veamos el ejemplo que sigue:

“El nuevo director de la oficina supo poner los puntos sobre las íes cuando, dirigiéndose a los empleados, refirió de pe a pa y de la A a la Z tanto los asuntos pendientes de resolver como los que, por H o por B, no se habían podido resolver a tiempo. Dicho entre comillas, este sí se comportó como un jefe “de verdad”, y no el pusilánime que habíamos tenido hasta hacía dos semanas…”

Y comparémoslo con esta otra forma de decir:

“El nuevo director de la oficina se dirigió con enfado a los empleados y fue refiriendo pormenorizadamente los asuntos pendientes de resolver y los que no se habían resuelto a tiempo por muy diversas razones, derivadas fundamentalmente de la incompetencia de sus responsables. Aunque esta reprimenda no fue lo más deseable y hubiera sido preferible que el trabajo comprometido saliera adelante, se puede decir que este sí actuó como un buen jefe, y no el pusilánime que habíamos tenido hasta hacía dos semanas…”

¿Cuál de las dos versiones es más efectiva, más ilustrativa, más gráfica…? Dejo a la reflexión del lector la respuesta. La letra fluye en nuestro interior… aunque no seamos conscientes de ello.

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