Retórica

Elecciones, la muerte de la retórica

Calavera sobre un libro antiguo
Foto: Volfdrag

El adelanto electoral ha traído consigo un fenómeno habitual en estas situaciones, que consiste en que los políticos dejan de ser seres humanos que hablan con el fin de comunicarse para convertirse en frontones argumentativos contra los que se estrella (y muere) la buena retórica. Al igual que los zombies, diputados y senadores se transforman en sofistas de la noche a la mañana sin que se pueda hacer nada al respecto: se hable de lo que se hable, la intervención de todo político al uso acabará con una conclusión por la que su partido es el mejor y los partidos rivales, los peores. Para entender este fenómeno, recurrir a un poco de Lingüística va a ser la clave.

Hablar, simplificando mucho, puede verse como una conjunción de dos operaciones muy distintas: por un lado, hablar consiste en transmitir información, que se empaqueta en envoltorios como las oraciones y las frases que componen nuestros mensajes para que nuestros oyentes las puedan abrir y acceder a su contenido. Si hablar solo consistiera en esto, seríamos androides más o menos eficientes en la codificación y descodificación de la información. Pero hablar, además, es una actividad social en la que nosotros nos presentamos como miembros de un grupo y a través de la cual gestionamos nuestra relación con los demás.

Expresiones como perdona, ¿te importa si…?, te he llamado mil veces o te lo agradeceré inmensamente no están en nuestros mensajes por la información que transmiten; sino porque, gracias a ellas, podemos disculparnos por adelantado por un favor que vamos a pedir, exigimos algo en forma de pregunta para que nuestro interlocutor crea que puede responder o no, exageramos nuestra preocupación para que los demás vean lo que nos importan o agradecemos mucho por favores pequeños para no resultar demasiado intolerantes en el intercambio social. Visto así, el lenguaje es la suma de dos actividades; una, más racional y práctica –transmitir información– y otra, más básica y atávica –buscar nuestro lugar en la escala social del grupo–.

Dibujo de una urna electoral
Dibujo: Mohamed Hassan

Lo que le ocurre al político en época de elecciones es que los ciudadanos tienden a oírlo como si fuera a transmitir información (primera función del lenguaje), mientras que él se limita a ofrecer una imagen social de sí mismo o de su grupo (segunda función). Un politólogo me dijo una vez que, cuando los resultados de las elecciones son más o menos evidentes, el consejo de cara a la campaña electoral es no perder lo que ya se tiene por hablar de más, de modo que lo que importa es mantener la imagen del partido al que pertenecen, aunque eso sea a costa del significado o, dicho con otras palabras, a costa de hablar diciendo poco. Resultados similares obtuvo un análisis sobre los debates pre-electorales en las campañas electorales catalanas: las intervenciones de los políticos no estaban orientadas a la transmisión de ideas, sino a manifestar la superioridad propia por encima de los demás; en ese sentido, eran actividades esencialmente no cooperativas, al contrario de lo que sucede con nuestra habla cotidiana.

Visto así, se puede entender mejor la asimetría que se produce entre políticos y votantes en época de elecciones: los votantes los escuchamos para entender la información que transmiten, mientras que ellos nos hablan para manifestarse en tanto que miembros de un grupo social. Lo que ocurre es que ambas acciones ocurren sobre el mismo terreno: el lenguaje, una autopista de doble dirección por la que circulamos, sin tocarnos, ambos grupos.

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